Luego que
se cayera el helicóptero, entre a
una huerta bien bonita con tierra preparada para la siembra. Escuché dentro de
las hojas del maíz unas fuertes pisadas. Lloré y temblé al mismo tiempo. Con
una voz varonil, hermosa muy hermosa y agarrándome de los hombros me dijo: ¡Prométeme,
que me servirás toda la vida¡ ¡Prométeme¡. Cayendo de rodillas y al borde de un
desmayo, le dije que sí.