miércoles, 2 de julio de 2014

La sarta de tamales



En el barrio de mi infancia, Tushpuna, como en todos los lugares de la ciudad, habitaban un shunto de shipash, ramplachos, sheplecos, y hasta puytes que se reunían a jugar en las esquinas al cachaco y al ladrón, a la pega, a los trompos y hasta el melo. A las siete, “ los canchules”, chapa de unos vecinos, se encargaban de pasar la voz a la mancha. Ellos cargados de materiales se encargaban de los juegos. De una y otra casa, que en esa época era ralo ralo, salían: El capi, el panzón, el peje, la negra, la cacerola, la lolibarra, el trinche, entre otros.


Cansa cansa, regresábamos a la casa, antes que se escuche los silbidos de las mamás, que antes que una alerta, era la amenaza si es que se demoraba más de la cuenta, la vaca marina, el palo, la soga, el san martín o la penca estaba listo para la maja. ¡Y que maja!

Una noche de tantas de ellas, había una fiesta en la casa de la tía Rosalía. Ella era una viejita linda, que paraba ya sea en la única tienda del barrio para vender la chicha o en la cocina donde preparaba sus tamales, humitas y juanes, de esos que hasta hoy los recuerdas porque eran una ricura. Un sabor inigualable que hacía que dejes chuita los platos, más, si se acompañaba con tu ají de pepino y su lapa de café.

En esa fiesta estaban invitados casi todos los del barrio. Un grupo de varones del barrio, sabíamos de esas fiestas, de sus comidas y teníamos la seguridad que la gente iba a disfrutar de una noche inolvidable. Nosotros, upacuenta nos colgábamos de los eucaliptos para ver el ingreso de los invitados o si éramos muy resabidos, nos parábamos en la puerta para a la escapadita entrar a ver el baile. Don moshico, era bien bravo y a todos nos hacían correr de la casa.

Unos de los “canchules”, con “el don” y “el trinche”, se reúnen en la pampa y planifican la estrategia para malograr la fiesta a todos. A eso de las once de la noche, hora que las calles están vacías y oscura por la falta de luz, ingresan por la puerta de la huerta que estaba pamba pamba. Chunllas y bien sigilosos entran a la casa. Al “Toby” el perro de la casa, lo hicieron callar con un pedazo de carne y a las gallinas para que no cacareen ni los gallos canten, les humearon  con azufre y se caían poj poj al suelo.

A tientas entran a la cocina para meter  sus manos a las ollas. Yau quema decía uno. Racasho, mete la mano le dice “el trinche”. Mete el dedo en la comida, lo chupa en su boca, llao es aguadito, dice “el canchul”. Como enviado del shapingo, con un plato comienzan a sacar las presas que tronco tronco se habían cocinado y lo meten en un mantel. Con su botín una parte de ellos comenzaron a salir tal como entraron. En la otra olla donde hervía el tamal y la humita, “el don” comenzaba a coger  su alzada, cuando mete el trinche con fuerza y choz comienza a sonar en la cocina a causa de la rotura del poto de la olla, cuya agua apagaba el fuego. Era tanto el humo que salía, que alarmó a los invitados de la fiesta. En tanto alboroto, “el don” comenzó la fuga, sin darse cuenta que en su mano llevaba un tamal humeante. “El bombo” con “la ruca” alumbraron la tushpa con la linterna y se dieron cuenta que todo era producto de un “boicot”. Con la luz de la linterna siguen la huella de las gotas de agua y encuentran a los culpables, que fueron ubicados a dos cuadras de la casa y en pleno banquete. Unos con la presa de gallina en la boca, otros que pasaban tronco tronco por su tongor pedazos de humitas y tamal. Las huellas que los delataban, eran la sarta de tamales que “el don” arrastraba en su fuga.

         Para los invitados se acabó la fiesta. En nuestras casas, teníamos que echar ceniza en nuestro sipo para que la maja no sea muy dolorosa.
Dos días después a exigencia de nuestros papás, pedimos perdón por la palomillada. Doña Rosalía, como toda viejita linda, simplemente nos miró con la cara de ángel viejo, nos dijo: Si tendría la fuerza los penquiaría de uno en uno y si no fueran calasniques los haría pagar a cada uno todo lo que me han robado, muchachos perjudicos.

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