martes, 6 de septiembre de 2016

¡Prométeme que me servirás toda tu vida!

Luego que se cayera el helicóptero, entre a una huerta bien bonita con tierra preparada para la siembra. Escuché dentro de las hojas del maíz unas fuertes pisadas. Lloré y temblé al mismo tiempo. Con una voz varonil, hermosa muy hermosa y agarrándome de los hombros me dijo: ¡Prométeme, que me servirás toda la vida¡ ¡Prométeme¡. Cayendo de rodillas y al borde de un desmayo, le dije que sí.

Desde pequeña he sido muy enferma, Don Manuelito, me dice, luego que le sorprendiera en su casa, que al mismo tiempo es un santuario. En su sala principal hay una impresionante anda y el oleo del “Señor de los Milagros” que ya celebra cincuenta años de fiestas continuas en su tierra querida.

“Mi mamá era una de las chinas del “Señor de Gualamita” y descendiente directo de la familia Vallejos que forma parte de la historia de esta venerada imagen de Lamud y mi abuelita era la dueña de la imagen del Cristo moreno, continua. Me mira, se toma de las manos, se peina con los dedos el pelo, está nerviosa. Para bajar las emociones le pregunto sobre su vida, sus hijos, su familia, su hermana que en vida fue gran amiga mía. Se calma y se vuelve a emocionar.


Entre pregunta y respuesta, me concentro en una de ella: sus sueños. Curioso le dije. Yo alguna vez le soñé a la patrona de Chachapoyas. Yo más de una vez me dice. Cuénteme por favor. Se para, respira. “Como le dije, yo era desde chiquita muy enferma, tendría unos diez años. En el cuarto dormía con mi mamá. Eran como las cinco de la mañana y sueño que cae un helicóptero y los cuerpos de las personas estaban esparcidos por el suelo, me acerco a ayudarles y noto que los cuerpos regresan a su estado normal, el aparato se integra y vuelve a volar, corro admirada por los cerros y me veo caminando por una huerta bien bonita, limpia y al fondo maizales. No había nadie, todo era paz. Mi desesperación y angustia por la tragedia desapareció. Buscaba y llamaba al dueño, pero nadie contestaba. Escuche ruido y pasos en medio de los maizales. Grande muy grande, fue verlo erguido, hermoso, transparente al “Señor de Gualamita” que venía hacia mí. Temblaba, lloraba. ¡Mi, Señor, mi Señor!, le decía. Me mira con sus ojos profundos y llenos de vida. Me agarra de los hombros y me dice que le prometa que le serviré toda mi vida, me quedé callada sin respuesta. Un poco más fuerte me agarró de los hombros y movió mi cuerpo, ¡Prométeme que me servirás toda tu vida!. No pude contestarle y comencé a llorar. La tercera vez, me agarró más fuerte y me volvió a pedir la promesa. Del fondo de mi alma, le dije que sí y prometí servirle.


Me emociono y pregunto por su voz. Se vuelve a parar, camina por todos los lados de su sala. Se agarra el rostro, se ilumina sus ojos. ¡Es bello, don Manuelito, es bello!. Es plateada, dulce, pero fuerte como un trueno. Tiene como un eco, no sé cómo explicarle. Su voz como la de él es divino.  Tenía una túnica sencilla, su sonrisa es bien dulce. Dicha mi promesa, me abrazó y volamos por el espacio. ¡Me voy a caer, me voy a caer! le decía. Volamos un corto tiempo, pero me sentí la mujer más protegida del mundo. Me desperté, corriendo fue a despertar a mi mamá, le conté mi sueño. ¡Que Dios, bendiga nuestra familia! me dijo y los dos nos abrazamos hasta que cante el gallo y nos anuncie que ya es un nuevo día.


Ella recuerda que fue un cuatro de octubre. Ese día es su cumpleaños. Ella es maestra. Lamutina como ella sola, orgullosa de su legado y de vestir a Gualamita, su amo y señor a quien cuidará con su vida. Se llama Lucinda Carrión, mi amiga, quien se confesó ante una grabadora y contó sus experiencias y vivencias al entorno del Patrón de Amazonas.



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