lunes, 13 de enero de 2014

¡Asu mare!, llegando a los cincuenta



No sé si es el zenit de la existencia terrenal de todos los hombres del mundo, tampoco la edad ideal para sentirse logrado; peor, si es el momento de comenzar la cuenta regresiva, no lo sé. Lo que sí sé, es que vamos camino a los CINCUENTA.

Y llegar a los cincuenta, es tomar una pausa en el camino y recordar lo que se pueda recordar, lo malo tratar de olvidar, aunque sea imposible, ya que cosas dolorosas que te marcan para toda la vida y lo llevas como tara sobre tus hombros, no lo puedes perder en el bolsón del olvido, ya que la mente ingrata lo tiene siempre presente.

Y me acuerdo de muchas cosas, tales como mis rabietas en la escuela y mi carpeta especial que me compró mi papá para ir a la escuela. Especial porque era lluqueta (zurdo) y a punta de golpe me hicieron diestro, de allí mi rebeldía por lo convencional, mis escapadas de la casa y aparecer tarde muy tarde, entrar a escondidas para que no me caiga el sanmartín (chicote de cuero que te hacía ver diablos azules -¿existirán?). Hacerlo correr a mi pobre viejo para que no me castigue, aunque nunca paso de la palabra a los hechos, menos a la vieja que era brava.
En esa edad, era más que travieso, gordo, hijo consentido, cargaba mi maletín con yacones, alfeñiques, comía hasta dos o tres platos de trigol con su leche y pan. Esa comida especial que nos daban los gringos con su programa “Alianza para el progreso”. Era lo mejor de la escuela, comer y jugar. No puedo dejar de recordar la vieja palmera del 131, mis amigos de aula, la profesora Alicia Jerí (una maestra extraordinaria), Lucho Morí, el director Tenorio, que me motivó a formar parte de un melodrama por 28 de Julio, donde salí disfrazado de prócer , para decir solo “Hay que quitar todo lo cochino”. Recuerdo que me hacían cantar en los programas semanales, además de maestro de ceremonia. Cantaba y me acompañaba con un peine. Quería hacer lo mismo en el Seminario, pero me pifiaron (jajajaja). Desde muchacho tuve vocación por el periodismo.

En la secundaria, ya con mayor juicio de razón, quizá sea la mejor época de mi existencia, además de los enormes amigos que cultivo hasta ahora, aparecieron las enamoradas (es un decir), las palomilladas, el correr como cojudo del San Juan a la esquina de la Virgen Asunta para que nos vean las chicas, hacerse los donjuanes, ayudantes de cocina, bailarines y ser parte de un grupo de jóvenes que impulsamos la integración de ambos colegios. En esta etapa, surgen los conflictos emocionales y los primeros dolores del alma. Recuerdo la muerte de los compañeros en esta etapa de mi existencia, mi época de futbolista en el Club Alonso de Alvarado; corrección, eso de futbolista es mucha vanidad, solo jugué tres minutos en el estadio Kuélap. Ese estadio de arena rosada, donde tenías que tener más que bolas para patear la pelota de cuero, en una torrencial lluvia y con fenómenos de los ochenta. Acá también perdí a mi abuela. Mis amigos me acompañaron al entierro portando cartuchos.
Llegué a ser Brigadier de Comando del San Juan, no por chancón, quizá por la disciplina o por el mucho cariño que tenía por parte de “Patita” Vigil  o por haber soportado estoicamente los golpes de tiza en el curso de geografía con “Pavo” Leyva, aquel querido maestro de los lentes de botella de color verde o por las  repetidas bajas notas en matemática con Enrique Araujo o Maximiliano Valle o por último, vivir ilusionado, como todos, de nuestras lindas maestras como Betty y Bertha, o quizá Juvitza, la profe de inglés.
Era el locutor del recreo, miembro del equipo de periodismo escolar, redactor de boletines escolares. El periodismo lo tenía dentro, profesión que abrazo con dignidad y me hizo hombre. Hombre con principios, enamorado de la tierra, de mi esposa, de mis hijos. Periodista de pasiones y de emociones gratas y eternas (continuará…)
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