viernes, 16 de marzo de 2012

YA NO QUIERO SER GRANDE, ¡SEÑOR!


Luego de veinte minutos de examen a mi cuerpo, el médico me mira fijamente a los ojos y entre miedo, vergüenza y sorna me dijo: Esta usted, envejeciendo. ¡Viejo, yo, a mis cuarenta y ocho ta loco!. No estoy loco. Es una dura y cruda verdad, está usted envejeciendo. Desde ese día, las noches son una tortura, cierro mis ojos a las diez, se abren por inercia a la una y doy vueltas en la cama hasta que amanezca. Con el rostro del desconsuelo y el cuerpo gimiente tomo una ducha como sosiego.

La tos que me curaba en un santiamén, ahora me produce escalofríos, el pecho de tanto gemir duele hasta la eternidad, mis bronquios silban como el viento en cordillera. Mis pasos son acompasados pero más lentos, cada pierna duele a golpe de un látigo silencioso que se mueve desde la raíz de mi columna desviada. Mi piel ya no es lozana, se despelleja con más prisa. Mi pelo cambia de color, mi frente es más despejada, mi corona sufre la inclemencia del sol que quema mi cabeza. Mis dedos ya no tienen la habilidad de escribir como antes. Duelen, se adormecen, se aíslan del vaivén y el artilugio de crear cosas nuevas. El estómago arde como estaría en una fuente gigante de ceviche a lo macho, pese a la Milanta, la Ranitidina o el Omeprazol, la situación no cambia, excepto un buen vaso de leche helada que hace plash en mi panza.
Quiero correr como antes detrás de una pelota. La pelota se ríe de mi guata, de mi falta de aliento y mi cintura de ceibo. Quiero subir la cuesta de mi trabajo, pero a cien metros pido chepa porque saco la lengua. Y nuevamente como eco rebota en mi cabeza, lo que me dijo el médico: Se está volviendo viejo.
Me dicen que me cuide de las harinas porque cierran las arterias, que coma frutas antes de las comidas y que nunca la mezcle porque si no se hincha su estómago y tendrá flatulencia. Que haga ejercicios por las mañanas antes del baño, lo intento pero no puedo porque cada movimiento por más pequeño, trae un sonido en mis huesos y un dolor en cada músculo de mi cuerpo. Que no fume, que no tome, que haga vida saludable por el campo, que me relaje, que no piense, que deje de preocuparme para no recibir una bomba llamado stress.
Que haga dieta blanda, que no coma carnes rojas, menos los frejoles o lentejas que tanto me gustan porque ello hace que me suba la hemoglobina. Que me olvide de los chicharrones, de la mayonesa y del café. Que tome bebidas calientes después de las comidas para que las grasas me hagan menos daño. Que me abrigue bien por las noches para evitar que el frio entre por mis poros. Que me ponga medias gruesas para calentarme. Que ya no duerma sipracho, y que use pijama polar. Es que ya estas viejo, me dijo el doctor.
Por eso hoy te pido, que ya no quiero ser grande, señor. Quiero volver a ser un niño, pero un niño grande en pensamiento y que entienda lo que le aconsejan sus padres. Un niño que en vez de perder tiempo cinco horas en la televisión, lea, converse, congenie. Un niño que no se eche en el mueble plastalla; si no que se sienta y camine derecho para que cuando sea viejo no se desvíe la columna. Que no coma cojudeces como el chizito, el chocolate, la galleta, dulces ni gaseosas, que se alimente sano y nutritivo para ser mejor adulto y anciano. Que asquee el cigarrillo y el alcohol porque son dos formas de esclavitud social y urbana. Un niño responsable, que entienda y comprenda. Un niño que ame la libertad y la vida. Un niño que aprenda desde hoy la tolerancia, el respeto y el orden; pero sobre todo a decir las cosas por su nombre, aun que estas incomoden al mundo. Un niño de piel y nombre. Un niño de futuro y bueno.
Te ruego. Ya no quiero ser grande, Señor
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