miércoles, 13 de abril de 2011

ENTRE LLACTA RUNAS Y PISHURAS





Visto los resultados, marcados por la incredulidad, la duda y la incertidumbre, me puse a revisar los libros de la biblioteca familiar y olvidarme de la televisión, de la política. Y vaya que entre cientos de libros encontré el “Diccionario de Vocablos Típicos Amazonenses”, de un amigo a la distancia, natural de Luya, Don Almagro Salazar Villegas. En cada hoja, créanmelo fue un deleite su lectura. Y como no puede deleitar a cualquier amazonense leer cosas, hechos, expresiones que hinchan nuestro corazón de emoción por la grandeza de nuestra cultura regional.


A leerlo me hizo acordar que cuando niño jugábamos en el barrio de Tushpuna con la pococha de chancho como nuestra pelota hasta quedarnos pucacho por el calor del juego. En esa edad, recuerdo que con nuestra cachucha, nuestro huanchil nos íbamos lacan lacan a Curquingue para lavar la ropa de la familia o para recoger la chamisa, nuestras mamás, sop sop sacaban la lavazas  de las frazadas a golpes sobre las piedras, mientras que los niños, íbamos con nuestro jebe a matar pichuchos, golochas y quintes.


Más jovenzuelos ralo ralo con los vellos en el pubis, dejábamos a tras nuestros pantalones remendados o andar patacala, para limpiar nuestra pitsinga con moco, echarnos brillantina en nuestra chova, lavarnos la cara y pie con teja para sacar la pispa de nuestro cuerpo. Estábamos huainillas y ya mirábamos a nuestras vecinas con otros ojos. Atrás quedaba la canstrcha en nuestra cara, nuestros pantalones llenos de ishpa, la jareta abierta y hasta caminábamos prosas y lantachos por el barrio.

Me acuerdo mucho que en casa, mi mamá paraba olletas de café. ¡Tienen que comer para que no crezcan flautasiques! nos decía. Y conforme crecíamos nos veíamos entre la pandilla del barrio cada vez más diferentes. Unos tenían crecidos el gañote, otros se quedaban llacmachos, algunos llicma singas, otros magunchos y uno que otro sotoco y petacón.


Yo era bien tragón, con la lluqueta comía todo lo que había, hasta lo llushpia la comida, por eso es que muchas veces estaba muro huia con mi cara. Seguro de tanto mute locro, puchero, rumniate, shinshe, tucsiches, ucho, cuy cangao, costumbre, caransho, huirishpa y lapa lapa de frejol.


Ahora a mis cuarenta y seis, sufro las consecuencias de mi desfachatez alimenticia. Algunas comidas me hinchan la barriga, ret ret tengo que estar luego de tomar el gaseovet y tengo que caminar quingo quingo por las calles para bajar la huata,  con una gorra en mi masuma para que no me queme el sol y regresar a casa mupa con mi polo, entrar a la ducha y quedar chuita de nuevo.


Han pasado tres horas de las elecciones, no me interesaron ni las Keikos, ni los Humalas, tampoco los pepecuyes,  los chacanos, solidarios y de las estrellas. Cerrando el libro, camino a mi cama para quedarme dormido pangulla, soñando con las cushpiranas, los llacta runas y las  pishuras
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