miércoles, 20 de abril de 2011

RUTA BLANCA


Me río por el título del artículo porque se presta para muchas interpretaciones; pero lo único blanco es mi voluntad de recrear la historia de mi ciudad. Y es que Chachapoyas tiene muchas historias y muchas rutas internas que ofrecer a sus habitantes si es que lo desean.
Como siempre pantalón corto, un polo, un lazo y Mochita caminamos por los extramuros de la ciudad. Esta vez la ruta es caminar desde la casa hacia Manchibamba por El Colorao y el camino al aeropuerto. Nueve de la mañana, subimos las gradas, en la cima de ellas mi corazón quiere salir por la boca. No es para broma subir 350  peldaños de una escalera de piedra desde donde se aprecia todo el panorama de la bella Chachapoyas. En ese lapso creo haber bajado mis primeros dos gramos de peso.
Siguiendo la ruta entre decenas de casas que se ubican a borde de carretera y en la cima del Luya Urco, que hoy son los asentamientos humanos de Santo Toribio de Mogrovejo y Santa Rosa de Luya Urco, me encuentro con añejas paredes a punto de colapsar pero que se niegan caer y desaparecer; y recordé que en mi época de escolar en el Seminario, se oía hablar de la casa de la cultura. Esa que con el tiempo supe que era el primer prostíbulo de chacha, donde zutano, mengano y perencejo subían haciéndose los cojudos en las noches y daban rienda suelta a sus instintos con las tres putas oficiales del pueblo. Sus paredes hoy, son solo añejos recuerdos de desenfrenos, de primeras experiencias y de dulces placeres. Unos metros más unas veinte toneladas de cemento sembradas para hacer una losa deportiva, dejó para el olvido la guitarrita, una poza de agua donde nos bañábamos a falta de piscina.

Desde allí y muchos metros lineales se aprecia en los cerros la tierra blanca. Esa misma que antes que llegue el sapolín, la pintura en balde y los matizados usábamos para pintar nuestras casas. Recuerdo que desde Tushpuna nos íbamos con la carretilla a cargar la tierra, ya en casa alistábamos nuestro pedazo de cuero de oveja, un seco maguey para que sirva de brocha. Antes de pintar nos colocábamos sobre el cuerpo costales y gorras de periódicos para que la pintura no nos bañe. Era un vacilón pintar y jugar o jugar y pintar. La propina por tamaño esfuerzo era un alfeñique o una cocada y si tenías suerte un sol de esos grandazos que había y servía para toda la semana. Ahora uno peca de moderno y poco muy poco es utilizada esta mina natural para pintar las casas, sobre todo de aquellas que se encuentran en la periferia. Un hecho interesante es que la mayoría de pobladores que viven en esta zona se dedican a la fabricación de adobes. Cada tarea está a treinta soles. La tierra se saca de la misma zona o de lo contrario aprovechan el material que descargan decenas de volquetes por el lugar, que dicho sea de paso no se ve muy bien que digamos.
Por medio de cientos de frondosos eucaliptos sigues tu camino, cruzamos lo que fuera la estación de Radio Nor Peruana, la primera emisora de Amazonas. En el cruce a Huancas y Chachapoyas ladeamos a la derecha y regresamos a la ciudad. Es increíble como cambió el panorama de la ciudad en los últimos veinte años. Cientos de casas de todo tamaño formas y estructura se erigen por esta zona, inclusive se vienen construyendo almacenes o zonas de pequeña industria. Del viejo camino que unía a Huancas con Chachapoyas no queda absolutamente nada.

Paso por dos inmensos templos: Uno católico, el otro evangelista. Dicen que se construyeron para saber quién tiene más poder. Y pensar que el único poder que pide Dios es la oración, paz y nos miremos como hermanos, Tal como hace aquel viejo árbol de pur – pur que extiende sus hojas sobre el cable de luz para cruzar la calle en el Asentamiento Humano “Señor de los Milagros”

Poco a poco amo y mascota con la lengua seca llegamos a la ciudad y posteriormente a la casa. Once de la mañana un refrescante baño para purificar el cuerpo. Una mascota aplaca su hambre y sed y quizá dándome gracias por medio de su cola por haberla llevado a conocer otra parte de mi ciudad.
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