lunes, 8 de febrero de 2010

EL CLAVO DE LA MUERTE


Contrito en mis cavilaciones y tomando nota de los puntos más resaltantes de la conferencia que acabo de escuchar, el lapicero de la mano hizo una raya profunda en el papel a causa de un golpe casual. Disculpe, me dijo. De…(un profundo suspiro) nada le conteste. Nos miramos brevemente, pero en esos rayos invisibles que emiten los ojos, volví a sentir esas cosas raras que dicen que hacen brotar los sentimientos nuevos. Ella con sus ojos café, los míos ya cansados por el tiempo, nos dijimos un hasta luego.

Durante el tiempo del congreso médico la vi pasar tres veces por mi lado. Su cuerpo juvenil, hasta casi de una niña diría, lucía su candor y belleza emergente. Su pelo ensortijado y su amplia y dulce sonrisa, era la atracción en el auditorio. Después supe que era de la logística del evento. Su esmero y fina atención con todos, la hacía merecedora de todos los halagos.

Al finalizar la tarde, me tocaba el turno de cerrar las conferencias y por los altoparlantes escuché la invitación para pasar al atril, previa lectura de mi experiencia profesional y de los aportes que venimos realizando con un grupo de colegas sobre el cáncer. Un sonoro aplauso me recibió esa tarde. A lo lejos vi como su delgada figura, dejó de caminar para volver su mirada a la mía y con una sonrisa angelical y fina coquetería me hizo tartamudear. Era la primera vez en mucho tiempo, que alguien me sacaba de mi marco de la sobriedad y el aplomo para decir las cosas. Cada comentario mío, buscaba la aprobación de esta niña mujer, que en todo el tiempo que duró mi exposición me miraba absorta a mis propuestas.

Me gustó su conferencia doctor. Gracias le dije. Me llamo Anabel, para servirle, doctor Gonzáles. Mucho gusto, Anabel, mucho gusto. Vinieron los abrazos y el asedio de la prensa, que en ese mar de gente, la bella Anabel, tal como vino se alejó. Aquella noche, la soñé entrelazada a mis brazos y mis caricias. Sueños dulces y placenteros que me hacían despertar y prender uno que otro cigarrillo. Angustia, temblor en el cuerpo, cosquillas en el alma, todos los síntomas del amor. Ese amor prohibido a un hombre de mi edad. Ella de veinte y en plena ebullición a la vida, yo con mis cuarenta y pico, que busca redescubrir un sentimiento aletargado por la rutina y el tiempo.

En la ciudad, me invitaron a trabajar con un equipo médico para desarrollar un proyecto oncológico en el hospital, que se sentía obligado a reestructurar sus servicios ante la demanda de la población. Ese estudio tendría que desarrollarse máximo en tres meses. Mis proyectos y compromisos no me permitían quedarme más tiempo. Invite a mi esposa a compartir un breve tiempo a esta pequeña ciudad de tejas marrones, que hace tiempo dejaron de ser rojas por la lluvia y el sol. De paredes blancas y amplios jardines. De gente apacible, que se agita cuando hay algún escándalo, que se adormece casi siempre en la placidez que les da la vida.

Dos veces me encontré con Anabel, se que sentía lo mismo que yo por ella: AMOR. Una noche, lejos de las miradas nos encontramos a escondidas, para decirnos pocas palabras y compartir tantos besos. Besos que hasta hoy me duelen los labios. Besos nuevos y eternos. Besos de otra piel. Esa piel lozana y fuerte, ante la mía, cansada y marchita. Deseos infernales versus satisfacción. Locura, frenesí, pasión versus desenfreno y sin temor al que dirán.
Era una relación prohibida, peor en un pueblo pequeño y más aún entre un respetado científico y una niña que está aprendiendo hacer mujer. Nuestros cómplices eran las miradas y las sonrisas a la distancia. Un gesto del cuerpo, de las manos o la boca era suficiente para entendernos y castigarnos en silencio por nuestro amor incomprendido.

Me enteré que estuvo en cama afiebrada. Sus causas, para el común de la gente, un proceso gripal, de esos que hasta hacen delirar. Una semana después, en el hospital fui testigo de un alboroto extraño. La ambulancia que llegaba raudamente y dos vehículos lleno de personas llorando. En la camilla, Anabel, pálida como la cera ingresa a emergencia. Presto fuí al auxilio de la amada.

Luego de las atenciones clínicas y en la sala de reposo, como si Anabel quería verme antes de morir, abrió sus ojos color café, me tomó de la mano, me dijo que me amaba y que los pocos días de amor que compartió conmigo, eran suficientes para entender que lo conoció todo. Me dijo, que lo perdonara por dejarme. Rodando por sus blancas mejillas, unas gruesas y brillantes lágrimas, dejó de existir. No pude controlar mis sentimientos, antes que un grito, lance un gemido eterno. Mi corazón marcado por la pena, latía descontroladamente. Salí sin rumbo.
Al anochecer de regreso al hospital, pedí al médico de guardia el parte médico sobre las razones de su muerte: “Septicemia por Estafilococos aéreos”. La causa, un clavo oxidado se había introducido en la planta de su pie derecho. Con impotencia y desazón, recordé que esa noche que nos besamos a escondidas, un ay escuché en su labios. Ese ay de la muerte. Ese ay que me duele desde ahora a la eternidad
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