viernes, 12 de febrero de 2010

CHINAS MENTIROSAS, ZAMBAS TRAICIONERAS


Pese a que mi padre es fundador del Sachapuyos, club a quien guardo mucho respecto, soy socio e hincha del Higos Urco. Mi llegada al “H” y la “U”, se debe a una cortesía hecha por mi querido “manshana”, Lucho Mendoza por allá a mediados del 2000. En el club, como somos pocos, rápidamente nos hacemos de amigos, sesiones tras sesiones vamos armando grupos y algunos compromisos.

Cuando se podía utilizar la canchita múltiple con que cuenta el club en su local institucional, era habitual reunirse de nueve a once de la mañana y correr tras un balón de básquet. En esa época, el docto Neill jugaba o seguía intentado jugar su deporte favorito, Lucas, alto como él, era el pívot, Leoncio, con su fuerza era defensa, “Mono”, Julio Martínez, era como yo, rellenábamos el equipo. Casi siempre éramos los mismos, pero lo suficiente para perder unos cuantos gramos de grasa y matarlo en “El Portoncito” con unas cuantas chelas, las mismas que se prolongaban hasta entrada la noche.

Cinco semanas solo participé de la mesa como observador del juego de los dados. Cinco semanas que escuchaba una serie de palabras a causa de la emoción del juego: “Cuadras, chinas, escalera, callao”, o frases como “Hombre cobarde no entra a palacio”, “He visto muertos cargar basura”, “Zambas mentirosas, chinas traicioneras”.

Un sábado cualquiera, me atreví jugar “Cachito”. Éramos seis puntas: Leoncio, Lucas, Julio, Marino, Coco, Neill y yo. Leoncio, dice que juguemos por parejas, Lucas consciente el juego. El viejo Neill, no te preocupes Marino, ni con escogiditas nos ganan. Viejo a esta hora ya cierran el asilo, dice Julio a Neill. La primera carcajada en la mesa.

Primer tiro cinco chinas, luego escalera, cuatro sambas, cinco ases. Me toca el tiro. Veamos esa mano virgen, repetían todos en coro. Agarro el cubilete de cuero, cambio de mano. ¿Con que eres zurdo?, mi dice Coco. Sigo con el shocoleo. Salen los dados: Cuatro ases al tiro, luego de la segunda cargada ganamos la partida. Que lechero, y eso que no mira bien. Este se hizo el cojudo, etc., eran todas las frases del primer día del juego. Un juego que se repitieron por varias semanas más. Juego que nos permitía conocernos más interiormente. Juego de lanzar cinco dados, reírnos de los demás cuando perdían y se quitaban de la mesa con el grado de Comandante, Mayor y Capitán. Los invictos, nos quedábamos un poco más.

Han pasado varios años de aquellas mesadas de fin de semana. Otro sábado cualquiera pero en el Club Amazonas, Leoncio, Lucas, Hugo y yo nos sentamos en la mesa, para comenzar cuatro heladas y al polo, ruedan los dados. Jugábamos a muchas cosas. A recordar al viejo Neill que tuvo tantos golpes en su vida: Muere su esposa y sus dos hijos más queridos. Al “mono” Martínez, a quien tratábamos siempre de emborracharlo para cortarle sus únicos cinco pelos largos que quedaba y lo daba vuelta en su calva cabeza. Esos pelos son mi jale, no decía.

En homenaje a ellos dejamos en la mesa dos sillas vacías: Salud viejo, salud compadre “mono”. Lucas respiró hondo para no llorar, Leoncio como siempre sobrio, agachó la cabeza, yo, elevé un vaso, el último para aquellos amigos de una mesa cualquiera, de un sábado cualquiera, donde tomamos cinco dedos blancos con pequeños círculos negros, un cubilete y jugar el último cachito en honor a queridos amigos que ya no están.
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