lunes, 12 de marzo de 2018

El Milagro del Marañón.


Eran las tres de la mañana del 25 de mayo de 1970, el motor demoraba en arrancar, las diecisiete personas subíamos a bordo alumbrados por una linterna. De acuerdo a nuestro peso y tamaño nos acomodábamos en el bote que nos llevaría ida y vuelta desde Nieva a Chiriaco. Juan iba adelante contando historias, los recién llegados al pueblo solo escuchábamos con asombro lo que decían sobre Condorcanqui. Era bonito sí, pero vivir en ella, conquistarla, es solo para los que tienen huevos, sobre todo en los años sesenta.



El viaje duraba tres horas y salíamos una vez al mes hacer comprar en Imacita y para asegurarse el regreso se pagaba de ida y vuelta. El único bote que nos llevaba una vez al mes se llamaba “La baquelita” y era manejado por Ramón Leví. Ya en Chiriaco, hicimos nuestras compras y después de varios días, una vez que la carga estaba lista nos abordamos a subir los diecisiete pasajeros, entre varones y mujeres. Todos veníamos haciéndonos bromas. Algunos les decían a las mujeres que como están más gorditas comerán a su gusto los peces en caso de que naufragáramos.
Al llegar a la unión de los ríos Chiriaco y Marañón comenzó a llenarse de agua el bote. El motorista nos avisa a todos que llegando a Imaza cuatro pasajeros tienen que viajar sí o sí porque había peligro de hundimiento nos decía. Yo como había pagado el pasaje de regreso al dueño no me hacía problema y tenía la seguridad de seguir mi viaje. En Imaza bajamos para el control del ejército.  El motorista que se había olvidado que le pague por adelantado me indica con el dedo índice que yo y tres más nos teníamos que bajar.

-          ¡No puedo bajarme, Leví, yo tengo pasaje de regreso también!, no puedo quedarme, que haría otro mes acá sin plata. ¡No puedo bajarme!, lo repetí.

No me hizo caso y siguió apuntando a tres más. Como no queríamos bajar, el motorista muy prepotente pide el apoyo de los soldados, viene uno, me jala pero no puede, luego entre dos quieren hacer lo mismo. Yo exigía mi derecho a viajar. Luego vino un tercer soldado y entre los tres lograron sacarme del bote. ¡No puedes hacerme esto, Leví! ¡No puedes hacerme esto! El motorista al lograr su propósito de dejarnos a cuatro de los pasajeros solo nos miró de reojo, arrancó el motor y siguió su viaje hacia Santa María de Nieva.

Miraba de rabia como viajaban los demás a su destino, miré a mi costado y estaba un piurano gordo con quien nos sentamos a la sombra de una palmera. Antes que anochezca para irnos al pueblo y pedir posada baje un poco para orinar y encuentro en el suelo un billete rojo de diez soles. ¡Vaya, con esto tengo para comer unos cuantos días, me dije!

A eso de las cinco de la tarde cuando ya nos disponíamos a ir al pueblo, Tulio, otro motorista que me trajo de Nieva a Chiriaco, se me acercó agobiado. ¡Hola, parece que te conozco, me dice! ¡Claro, Tulio, si tú me has traído de Nieva en el bote! le dije. ¿Y qué pues haces aquí? Es que el Ramón Leví me ha dejao botao, diciendo que tenía mucha carga su bote. Don Tulio, viene, llora y me abraza. ¡Gracias a Dios, te felicito! ¿Porqué don Tulio? ¡Eres un sobreviviente, muchacho! El bote no aguantó el peso y abajo se hundió, todititos se han muerto, allá en el pongo Sasa.
Me paré y me alejé de la palmera. Me puse de rodillas y oré, solo oré.

Contado por Jose Ernesto Paico, sobreviviente de ese naufragio, el mayor que hasta ahora se conoce en esta parte de Amazonas.




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