jueves, 26 de julio de 2012

ENETO: AMIGO ETERNO

Yo, como a muchos, no sabemos cuando entró a nuestras vidas Ernesto Trigoso  Cubas, más conocido como ENETO, de quien se han escrito tantas cosas y quizá muchas por decir todavía. Ese viejo niño de más de setenta años, está hoy orando por todos nosotros al pie de papa Dios. Ese amigo eterno, que se robó el corazón de todos a muerto físicamente a las 2.20 de la madrugada  de hoy, pero eternamente vivirá en el recuerdo de cada uno de nosotros.


Lo conozco desde que trabajaba en caminos y chambeaba repartiendo papeles. Lo conozco más, cuando salía a la radio llevando memoriales para que las autoridades arreglen las calles o para ayudar a muchos desposeídos o caídos en desgracia. Lo conozco, carajo, cuando dormía en la calle, ya que algunos parientes lo negaban cobijo. Lo conozco porque en cada calle de la ciudad, su figura “chaplinesca” aparecía frente a ti para pedirte un favor o hacerte una palomillada y decirte, que no te amargues porque eres su cuñao, de alguna hermana imaginaria.
Divago en mi memoria y veo su rostro de niño con esos ojos que irradiaban dulzura, pero por sobre todo inocencia y bondad. Su pelo corto y parao que cuando lo tocábamos, nos decía, “no fatidies pe mayecona”.
Tantas veces nos hemos cruzado en el camino, en el seguro donde era atendido por sus amigos, últimamente en el hospital a donde acudimos a su llamado llevando un afiche de la Mama Asunta, para que lo proteja en su lecho de dolor. Nadie como él para sentir la devoción, al extremo que su último deseo era para que su querida “Mama Asunta” pase por su casa y he recibido el recado de gestionarlo, pero la necedad se impuso al interés colectivo.
Eneto, quizá sea el último personaje de una sociedad de cambio. El último hombrecito de defectos físicos, pero de grandeza descomunal para servir a los demás. Nadie como él para expresarte una pena. Nadie como él para motivarte una caricia o un abrazo. Nadie como él para seguir creyendo en el hombre. Ese hombre que cada 24 horas se recicla para ser una cápsula de soledad y vanidad.
Algo más habrá hecho este hombre en vida, para que todos lo rindamos pleitesía. A su lecho de enfermo han desfilado familias enteras y de toda clase social, llevándole una propina, ramos de rosas, muchos han orado por él. Los médicos lo han tratado como al mejor y más caro de los pacientes a cambio de nada. Quizá en toda su existencia terrenal fue un ángel de verdad. Ese ángel que hemos tenido para disfrutarlo en vida y quizá con algún gesto bueno con él, nos hayamos ganado un pedacito de cielo; ese espacio desconocido que seguramente nuestro querido eneto, desde que nació se ganó un sitio en él.
Hoy que nunca más lo veremos por la calle, seguramente nos daremos un espacio de nuestro tiempo para acompañarlo en su última morada, pediremos a nuestro amito que vele por él, como sus amigos lo protegimos en vida. Pediremos que se reencarne en cada uno de los que vivimos todavía para tener en nuestro espíritu esa alma de niño bueno, esos gestos de inocencia y bondad, esa voluntad de servicio y de amor desmedido por los demás.
MI QUERIDO ENETO ¡TE JURO QUE TE VAMOS A EXTRAÑAR!
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