viernes, 29 de abril de 2011

JUAN PABLO II: EL PAPA CHARAPA

El verano de 1985, fue excepcional para todos los peruanos y, muy particular para los limeños. Eran las nueve de la noche, una serie de sirenas prendidas por la policía indicaban el paso de la comitiva a escasos diez metros de mi cuarto de estudiante universitario, ubicada en esa época en Av. 28 de Julio con Hernán Velarde – Santa Beatriz. Un tráfico infernal hizo que los carros se detengan y frente a mis narices y de mucha gente, la silueta de Juan Pablo II se dibujaba al interior de su camioneta. Elevemos nuestras manos, nuestras banderitas que confeccionamos los vecinos. Una mano que se movía era la respuesta a nuestro entusiasmo. Tenía 21 años y tuve la suerte de conocer al personaje católico que marco una época en todo el mundo y que este domingo será beatificado.
Su visita a Perú movilizó a ocho ciudades de nuestro país. Me entusiasmé de sobremanera cuando rendía su homenaje al “Señor de Burgos”, no propiamente de Chachapoyas; pero uno asociaba a sus costumbres y se sentía pletórico de entusiasmo. Recuerdo que muchos de mi generación que conformábamos la Asociación Juvenil Amazonense – AJA – dedicábamos horas enteras para construir los mosaicos en su homenaje que hicieron todos los clubes departamentales en la avenida Salaverry. Si quiera 10 retazos de mayólicas pegadas por mis manos perdurarán en nuestra historia.
Juan Pablo II, nuestro papa charapa, era de otro mundo. Irradiaba una imagen celestial. Su sonrisa de niño viejo, su mirada dulce, firme y tierna, su tez rosada, su pelo blanco como su vestimenta, era digno de admiración y hasta del más incrédulo veía en su personalidad, a un hombre fuera de este tiempo y de este mundo. Si bien es verdad, era un hombre de carne y hueso, era también  un verdadero enviado de Dios.
La ternura de sus expresiones, la humildad con que besaba el piso de cuanto país visitaba, era admirable. Más todavía cuando luego de un intento de asesinato perdonó a su victimario y con ello al fanatismo musulmán. Era un papa viajero o peregrino, que abría todas las puertas a donde llegaba. Acercó a las religiones, respeto los credos y hasta a los agnósticos.
Su muerte, fue una muerte masiva del catolicismo. Todos prendados en la televisión derramábamos nuestras lagrimas por la pena que causaba la desaparición física de un ser humano que pensábamos que era inmortal. De un hombre que sufrió las secuelas de la II Guerra Mundial y el dolor de la humanidad. De un  hombre, que con sus actos nos enseñó a tener temor y amor a Dios.
Este domingo más de un millón de personas presenciaran en directo la beatificación de Juan Pablo II. Millones harán lo mismo mediante la televisión. Será un acto universal donde todos: Budistas, Islamistas, ortodoxos, mahometanos, judaístas y cristianos católicos, daremos gracias en silencio y con lágrimas por el regalo celestial de habernos dado en vida a un hombre increíblemente humano y un santo existencial

miércoles, 20 de abril de 2011

RUTA BLANCA


Me río por el título del artículo porque se presta para muchas interpretaciones; pero lo único blanco es mi voluntad de recrear la historia de mi ciudad. Y es que Chachapoyas tiene muchas historias y muchas rutas internas que ofrecer a sus habitantes si es que lo desean.
Como siempre pantalón corto, un polo, un lazo y Mochita caminamos por los extramuros de la ciudad. Esta vez la ruta es caminar desde la casa hacia Manchibamba por El Colorao y el camino al aeropuerto. Nueve de la mañana, subimos las gradas, en la cima de ellas mi corazón quiere salir por la boca. No es para broma subir 350  peldaños de una escalera de piedra desde donde se aprecia todo el panorama de la bella Chachapoyas. En ese lapso creo haber bajado mis primeros dos gramos de peso.
Siguiendo la ruta entre decenas de casas que se ubican a borde de carretera y en la cima del Luya Urco, que hoy son los asentamientos humanos de Santo Toribio de Mogrovejo y Santa Rosa de Luya Urco, me encuentro con añejas paredes a punto de colapsar pero que se niegan caer y desaparecer; y recordé que en mi época de escolar en el Seminario, se oía hablar de la casa de la cultura. Esa que con el tiempo supe que era el primer prostíbulo de chacha, donde zutano, mengano y perencejo subían haciéndose los cojudos en las noches y daban rienda suelta a sus instintos con las tres putas oficiales del pueblo. Sus paredes hoy, son solo añejos recuerdos de desenfrenos, de primeras experiencias y de dulces placeres. Unos metros más unas veinte toneladas de cemento sembradas para hacer una losa deportiva, dejó para el olvido la guitarrita, una poza de agua donde nos bañábamos a falta de piscina.

Desde allí y muchos metros lineales se aprecia en los cerros la tierra blanca. Esa misma que antes que llegue el sapolín, la pintura en balde y los matizados usábamos para pintar nuestras casas. Recuerdo que desde Tushpuna nos íbamos con la carretilla a cargar la tierra, ya en casa alistábamos nuestro pedazo de cuero de oveja, un seco maguey para que sirva de brocha. Antes de pintar nos colocábamos sobre el cuerpo costales y gorras de periódicos para que la pintura no nos bañe. Era un vacilón pintar y jugar o jugar y pintar. La propina por tamaño esfuerzo era un alfeñique o una cocada y si tenías suerte un sol de esos grandazos que había y servía para toda la semana. Ahora uno peca de moderno y poco muy poco es utilizada esta mina natural para pintar las casas, sobre todo de aquellas que se encuentran en la periferia. Un hecho interesante es que la mayoría de pobladores que viven en esta zona se dedican a la fabricación de adobes. Cada tarea está a treinta soles. La tierra se saca de la misma zona o de lo contrario aprovechan el material que descargan decenas de volquetes por el lugar, que dicho sea de paso no se ve muy bien que digamos.
Por medio de cientos de frondosos eucaliptos sigues tu camino, cruzamos lo que fuera la estación de Radio Nor Peruana, la primera emisora de Amazonas. En el cruce a Huancas y Chachapoyas ladeamos a la derecha y regresamos a la ciudad. Es increíble como cambió el panorama de la ciudad en los últimos veinte años. Cientos de casas de todo tamaño formas y estructura se erigen por esta zona, inclusive se vienen construyendo almacenes o zonas de pequeña industria. Del viejo camino que unía a Huancas con Chachapoyas no queda absolutamente nada.

Paso por dos inmensos templos: Uno católico, el otro evangelista. Dicen que se construyeron para saber quién tiene más poder. Y pensar que el único poder que pide Dios es la oración, paz y nos miremos como hermanos, Tal como hace aquel viejo árbol de pur – pur que extiende sus hojas sobre el cable de luz para cruzar la calle en el Asentamiento Humano “Señor de los Milagros”

Poco a poco amo y mascota con la lengua seca llegamos a la ciudad y posteriormente a la casa. Once de la mañana un refrescante baño para purificar el cuerpo. Una mascota aplaca su hambre y sed y quizá dándome gracias por medio de su cola por haberla llevado a conocer otra parte de mi ciudad.

miércoles, 13 de abril de 2011

ENTRE LLACTA RUNAS Y PISHURAS





Visto los resultados, marcados por la incredulidad, la duda y la incertidumbre, me puse a revisar los libros de la biblioteca familiar y olvidarme de la televisión, de la política. Y vaya que entre cientos de libros encontré el “Diccionario de Vocablos Típicos Amazonenses”, de un amigo a la distancia, natural de Luya, Don Almagro Salazar Villegas. En cada hoja, créanmelo fue un deleite su lectura. Y como no puede deleitar a cualquier amazonense leer cosas, hechos, expresiones que hinchan nuestro corazón de emoción por la grandeza de nuestra cultura regional.


A leerlo me hizo acordar que cuando niño jugábamos en el barrio de Tushpuna con la pococha de chancho como nuestra pelota hasta quedarnos pucacho por el calor del juego. En esa edad, recuerdo que con nuestra cachucha, nuestro huanchil nos íbamos lacan lacan a Curquingue para lavar la ropa de la familia o para recoger la chamisa, nuestras mamás, sop sop sacaban la lavazas  de las frazadas a golpes sobre las piedras, mientras que los niños, íbamos con nuestro jebe a matar pichuchos, golochas y quintes.


Más jovenzuelos ralo ralo con los vellos en el pubis, dejábamos a tras nuestros pantalones remendados o andar patacala, para limpiar nuestra pitsinga con moco, echarnos brillantina en nuestra chova, lavarnos la cara y pie con teja para sacar la pispa de nuestro cuerpo. Estábamos huainillas y ya mirábamos a nuestras vecinas con otros ojos. Atrás quedaba la canstrcha en nuestra cara, nuestros pantalones llenos de ishpa, la jareta abierta y hasta caminábamos prosas y lantachos por el barrio.

Me acuerdo mucho que en casa, mi mamá paraba olletas de café. ¡Tienen que comer para que no crezcan flautasiques! nos decía. Y conforme crecíamos nos veíamos entre la pandilla del barrio cada vez más diferentes. Unos tenían crecidos el gañote, otros se quedaban llacmachos, algunos llicma singas, otros magunchos y uno que otro sotoco y petacón.


Yo era bien tragón, con la lluqueta comía todo lo que había, hasta lo llushpia la comida, por eso es que muchas veces estaba muro huia con mi cara. Seguro de tanto mute locro, puchero, rumniate, shinshe, tucsiches, ucho, cuy cangao, costumbre, caransho, huirishpa y lapa lapa de frejol.


Ahora a mis cuarenta y seis, sufro las consecuencias de mi desfachatez alimenticia. Algunas comidas me hinchan la barriga, ret ret tengo que estar luego de tomar el gaseovet y tengo que caminar quingo quingo por las calles para bajar la huata,  con una gorra en mi masuma para que no me queme el sol y regresar a casa mupa con mi polo, entrar a la ducha y quedar chuita de nuevo.


Han pasado tres horas de las elecciones, no me interesaron ni las Keikos, ni los Humalas, tampoco los pepecuyes,  los chacanos, solidarios y de las estrellas. Cerrando el libro, camino a mi cama para quedarme dormido pangulla, soñando con las cushpiranas, los llacta runas y las  pishuras