sábado, 25 de diciembre de 2010

UNA VERDADERA HISTORIA DE NAVIDAD


Puede que para muchos de los lectores, esta historia parezca o sea cursi; pero cuando las cosas suceden de la forma que me pasó, no me nace otra cosa que escribir y plasmar una crónica de la desaparición de Mochita, aquella mascota que desde hace cinco meses nos viene robando el corazón a toda la familia.

Eran las nueve de la mañana del 24 de diciembre, luego del desayuno, se me ocurre bañarla a mi mascota para salir a entregar algunos presentes a la familia y luego jironear por Amazonas. La seco con la secadora, la peino y tomo dos fotos para el recuerdo. Saliendo de la casa se encuentra con un monstruo llamado caballo al cual nunca en su vida conoció y dio su primera escapada de la mañana. Encontramos un taxi y viajamos a la casa de mi madre, veinte minutos después caminamos por Amazonas.

En la cuadra siete como existen muchas tiendas comerciales, a las once y media era un mar de personas. Atrevido yo, hago que camine a mi lado, diez pasos adelante se cruza con un chihuahua, se asusta y desaparece, al no encontrarme, en la multitud presumo que el asustado animal se corrió a algún lugar o se escondió en una casa, no lo sé; pero lo que puedo afirmar es que desde ese momento más imploró mi desesperación, preguntaba a todos nadie lo había visto, con la esperanza de que haya regresado me voy a la casa. Nada. Me puse mi casaca y de nuevo a buscarlo. En el camino me encuentro con amigos, quienes me subieron en su carro para recorrer la ciudad, otros supe después que hicieron lo mismo por su cuenta.

Cuatro de la tarde las esperanzas de encontrarla se esfuman, regreso a casa me tiro al mueble, encuentro debajo de ella un peine con el que juega, me subí a la azotea, encontré regado su plato de comida a medio terminar, su perrito de peluche con la que juega y la pelota naranja con la que todas las mañanas la hago correr. Mi mente se nubló y unas pesadas lágrimas corrieron por mi mejilla. Lágrimas de impotencia por no saber dónde y con quién está.

A las seis y media en la Plaza de Armas, caminando por la pileta con la cabeza agachada y con el rostro acongojado por la tristeza, un silbido y un llamado por mi nombre hace que me encuentre con David Reina, quien enterado del tema, me invita a conversar entre otras cosas de la navidad y el perro. Fueron veinte minutos de conversación amena donde terció mi viejo profesor Gonzalo Serván desde Cajamarca. Hablamos de las pastoritas, comenté de una propina hecha a un anciano que se me cruzó en el camino y por supuesto de Mochita.

Llegar a casa era una desesperación. Vacía la casa por la ausencia de la familia y no ver moverse una colita negra con una punta blanca o saltar para besar la cara, para mí era algo sin sentido y fuera de lo real. Al pasar por el lado de la Virgen de Fátima, cuadro colgado en la sala, lo pedí que lo proteja y que la persona que lo tenga, la sepa apreciar. Estaba resignado a perderla definitivamente y ver la manera como los explico a mis hijos la pérdida de Mochita que son más que su adoración.

Diez, once, media noche. Escuchaba los cohetes, la rata blanca, pasos que se apresuraban para llegar a casa y darse el abrazo de Navidad. Recibo decenas de llamadas de amigos y familiares que a ningunos contesto. Me quedo dormido, escucho unos ladridos y salto de la cama, me pongo mis lentes para ver por la ventana, eran otros perros que jugaban, mentalmente comencé a llamarla y a silbarla. Hacía mucho frío y no dejaba de pensar en la mascota.

A las cinco de la mañana prendo la computadora y diseño un afiche, sin desayunar y con un panetón para dar a la campaña de Reina de la Selva y una bolsa de afiches más goma salí a la ciudad. Ochenta y cinco postes pegué en cuatro horas. Muy poca gente caminaba por Chachapoyas. Habré caminado tres kilómetros entre Ayacucho, Libertad, Salamanca, Triunfo, Dos de Mayo y La Merced.

A las once de la mañana de este 25 de diciembre, vuelvo por Amazonas y me encuentro con doña Musha Vergaray y su esposo. Me dicen que entre sueños escuchaban aullidos de un cachorro al frente de su casa. Presto subí la calle y me interne en la casa quinta. Silbaba, lo llamaba y nada. Si hoy que es sábado no lo encuentro mañana domingo peor, la única forma de promocionar la desaparición de mi mascota era el lunes. Y hasta el lunes son más de cuarenta y ocho horas largas muy largas y cuando uno está desesperado se convierten en interminables.

Al borde de la locura regreso a casa por la lluvia, abro la puerta y con extrañeza no encuentro mis sandalias, meto la cabeza a la sala, miro debajo de los muebles absolutamente nada. De pronto un jadeo en mi espalda y mi entrañable mascota con mi sandalia en la boca me esperaba. Me extrañé verla en casa, la cargue la, abrace, lloré, le hice miles de preguntas, solo me miraba y me lamía la cara. En el suelo movía incesante la cola, saltaba, brincaba por la casa, subía al mueble. Más que nunca, era alegría y felicidad de ambos por volvernos a encontrar.

Me olvidé de su babycan, de su camote. De la refrigeradora saqué un pollo entero, lo deshuesé, luego de sancocharlo lo di para que coma. Nunca vi tan ávida de alimento, el pollo desapareció en un santiamén. Yo lo miraba contrito sentado en el piso, lamiéndose la boca y moviendo la cola se me acercó, se hecho en mi pierna y se puso a dormir. La cariñé como a ninguno, una oración e infinitas gracias a la persona que lo encontró y lo metió por mi ventana, fue el fin de una historia marcada por la angustia y el manifiesto amor a un animalito, que llego un domingo cualquiera y espero que se quede siempre y por siempre, amén.
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