lunes, 24 de mayo de 2010

LOS OJOS DE DIANA

La conocí una noche llena de estrellas y de luna llena. Estábamos solos por casualidad en la proa del crucero Indiana. Había llegado retrazado a bordo, mi secretaria muy tarde me dio los pasajes. Estos fueron pagados por la empresa donde trabajo. No iba de vacaciones, tenía que hacer en Atenas.


Cada noche, en la pista se realizaba una gran fiesta, llena de colorido y elegancia. Veía con rubor a Juliana y Margareth. Muy elegantes las dos. En sus cuellos de cisne colgaban cadenas de oro puro con crucifijo adornado de diamantes. Con la lentitud del viaje, a la larga los doscientos pasajeros del crucero nos hicimos amigos. Paul Millar, un fornido alemán era mi sostén económico.
- Caerme bien; yo gastar siempre por ti, me decía cada vez que nos encontrábamos.
Paul tenía un magnetismo único con las mujeres. Todas las hembras del crucero querían beber con él, más su tartamudeo le limitaba su afán donjuanesco.
- Me gus-tan, pe-pero, si ha-hablo, s-se van a re-reír de mí.
- Ese no es problema,Paul, ese defecto supéralo con tu personalidad y tu sex apeal para conquistarlas, lo demás es movimiento.
- Ja,ja…ma-manos, ¡Bien, muy, bi-bien…!.
Cada conquista suya era para mí otra noche de tragos y sin gastar.
En ese trajín de enseñanza en el galanteo a Paul, tuve la necesidad de voltear hacia la barra del bar. Lo miré desde los pies hasta la cabeza. Tenía los cabellos tan negros, que con las luces multicolores del bar segaban la mirada. Tenía una pose de seducción que invitaba a embriagarse en ella. Alce mi copa de vino.
- Por tu belleza – Brindé.
Ella en un gesto aceptó. Con una sonrisa amplia y sincera se alejó de la barra, como si estaría en una pasarela desfiló para mí, mostrándome su monumental y contorneado cuerpo. ¡Dios mío, que mujer!, me dije por dentro y lo seguí.
- ¡Permiso, permiso por favor!. Disculpe Margareth, voy en busca del placer.
¡Se alocó su corazón!. Alcance a escuchar, pero seguí mi camino por medio de las parejas que estaban bailando un Mambo Caribeño.
Subí las escalinatas que daban a los camarotes, pero no la encontré. Su figura de mujer felina se esfumó como el humo del cigarrillo que tenía en mis manos. Ya de regreso en el bar.
- ¡Un whisky sin hielo, por favor!.
Cada sorbo era un golpe seco al corazón palpitante de deseo. Miles de preguntas rondaban en mi cabeza.
- Ese le pa-pago y-yo. Con su tartamudeo, Paul, me regresó a la realidad.
- Y co-como te va.
- Bien…
- ¡No, no lo cr-creo!. ¡Se te es-escapó!
- Se esfumó mi fantasía, Paul.
Hicimos de la noche, la mas larga de todas. Hablamos del viaje. Conociamos a todos menos a ella. No recordamos verla visto en los cinco días que teníamos de viaje. Por la mañana salí a la piscina.

Los días eran largos como el viaje mismo. Una tormenta fuerte, desvió nuestra ruta a Holanda. El capitán, Torrentino explicó a todos que suspendían el viaje por dos días, para hacer mantenimiento al navío. Bajamos todos; para verla de nuevo me paré en las escaleras. No la encontré.

Ese descanso lo dediqué a conocer el país del pintor Van Dongen, de los poetas Kemp y Bloem. Conocí los astilleros de Ámsterdam. Me llamó la atención la gran construcción del dique de Afsluit que cierra al Ijsselmeer, que impide la entrada de las aguas al mar del Norte. Holanda es muy húmeda. Me comentaban los lugareños que más del cincuenta por ciento del territorio es una proeza de la ingeniería hidráulica que ha ganado tierras al mar; así mismo llama la atención la transformación de agua salada en potable. ¡Impresionante!.
Tu,tuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu
El característico sonido de los barcos anunciaba nuestra partida. En Holanda bajaron Juliana y Margareth, dos empedernidas solteras que viajaban por gusto y en busca de placer.
- ¡La vida es una sola chico, me decían - ¡Hay que disfrutarla!
Faltaba poco para culminar mi viaje. En el trayecto comencé a disfrutar mi tiempo en la lectura, sobre todo de la viaja Europa. Esa Europa de Lutero, de Robespierre, de Víctor Hugo. Esa Europa del racismo sin par. Esa Europa de blanco y negro.
- Hola – me susurró al oído.
- ¡Hola, ninfa de mis sueños!. Cada noche te he esperado. Cada movimiento mío, era pensando en ti. Cada latido de pecho era por ti. Te he buscado por…
- ¡Calla! No digas más nada.
 Me abrazó fuerte por el cuello y nuestros labios se juntaron llenos de deseo.
 Creo que siempre te he amado. No quiero perderte más.
- Yo, igual…
Esa noche fue mía y de nadie más. No hubo preguntas ni explicaciones. Puedo sentir muy cerca, su cuerpo suave como la seda. Puedo bañarme en su larga cabellera. Puedo beber y aplacar mi sed en sus senos redondos que se hacían cada vez más grandes con el placer. Lo amé, como a nadie.
Al rayar la mañana, sus ojos me segaron con el brillo del sol. No pude mirarla de frente. Cerré los míos para seguir besándola, la apreté fuertemente contra mi cuerpo, y le dije lo mucho que le amaba.
- Robert, amado mío, nunca olvidaré estos momentos. Yo lo escuchaba sin mirarla y aferrándome a su cuerpo.
- ¡Robert…!, me dijo, agarrándome la cara para mirarla de frente.
- ¿Hay algo que no te gusta de mí? ¡Dímelo, amor!
- ¡No! Todo está bien. Cerrando los ojos, nuevamente la besé. Quise que ese beso no terminara nunca.
- ¡Robert! ¡Mírame por favor, mírame!
- No puedo, Diana, mi amor
- ¡¿Por qué?!
- Tus ojos, Diana. Son tus ojos.
- ¡Qué tienen mis ojos…!
- Tienen fuego, Diana…Cuando me miran, siento que mi cuerpo arde. Siento que tu mirada me quema el alma.
Es difícil describirlo. Los ojos de Diana son hermosos. No he visto nada parecido en otras mujeres. Son negros como el café cuando están tostados, y a veces marrón claro como la miel. En las noches sus ojos cambian de color. Cuando se pone triste, sus ojos se apagan. Cuando ríe, sus ojos brillan como la luna llena. Cuando me mira, me siento incómodo, siento vergüenza, y la mayoría de veces, tengo miedo. Miedo que conociera mis secretos.
Acordamos con Diana, que cuando esté conmigo usara anteojos negros. Por las noches conversábamos de espaldas, el amor lo disfrutábamos a oscuras.
- No sé, si podré soportarlo, Robert…
- La única forma de amarte sin recelo, es así, Diana. Tus ojos, son dos diamantes que nunca dejan de brillar…pero mirarte, no puedo.
- ¿Robert?. ¿Pase lo que pase, me seguirás, amando?
- Siiii, Diana, sí. Contigo encontré el amor. Te amo, solo sé que te amo.
- ¡Robert, amor mío!
Ella tuvo que bajar en Japón para arreglar algunos contratos con la compañía Mamamoto de Tokio. Luego viajaría a Atenas para encontrarnos y seguir amándonos.
Dos meses pasaron desde que regresé de viaje. De Diana no sabía nada. Todos los días escribía cartas con dirección al mundo. No sabía de donde era, ni como comunicarme con ella.
Dín, dón, sonó el timbre de mi apartamento.
- ¿El señor Robert Matius…?
- Soy yo…
- Un paquete de Budapest.
- ¡Diana, mi amor!, me dije por dentro. Firme la boleta de entrega. Emocionado le entregué una propina y cerré la puerta para correr como un chiquillo que le compran un juguete nuevo.
Cuando abrí el paquete, me quedé horrorizado viendo los ojos de Diana, que pese a que estaban muertos, todavía brillaban con la misma intensidad de siempre.
-¡Qué has hecho, Dianna, quéééé!!!!
No pude más. Me arrodillé y me puse a llorar, abrazado a los ojos de mi amada
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