miércoles, 17 de marzo de 2010

EL PANTERA

¡Bang, bang…!

Producto de las balas su cuerpo rodó por el suelo sin movimiento. No era necesario el tiro de gracia para rematar su existencia. Miguel “El Pantera” ya estaba muerto.

Veinticinco años recién cumplidos tenia cuando lo llevaron al paredón, donde soldados conscientes o no terminarían con su vida. Una vida llena de sueños y ambiciones. Esos sueños que todo pobre algún día quiere alcanzar. Su madre, Doña Meche, cinco hijos parió al mundo. Me contaba que desde que nació Miguel un día lleno de lluvia, todo fue diferente. Tenía en la frente una mancha verde que lo afeaba la cara, una mancha que lo marcaría para siempre.

Una mañana de esas, que en sus primeras horas son llenas de sol y por la tarde se negrean para llover, Miguel se reunió con su mancha para planificar su próxima victima. Todos al verle se entusiasmaban. ¡Pantera! ¡Pantera! Lo decían. Aún que no lo crea la chapa bien plantada estaba. Tenía una agilidad para saltar los cercos de las casas y caer sin hacer ruido. Tenía una mirada penetrante, de esas que te desnudan y te hacen agachar la cabeza de purita vergüenza. Todo él parecía una pantera. Era el líder, el bacán del barrio.

Dos o tres palabras eran suficientes para planearlo todo. El robo se hacia en la noche, mas seguro cuando todos dormían y la ciudad estaba a oscuras. El Pique iría de campana, el Jetón a la puerta trasera, Miguel “El Pantera”, como siempre treparía las paredes y el resto caía por su propio peso. Aquella noche, los perros aullaban como nunca. Se respiraba un aire de tristeza, la ciudad estaba vacía. ¡Este sería su último gran golpe, pensaba el pantera y luego se iría con la vieja a otro lugar. No quería seguir así. En el primer robo, tuvo que matar para que no lo reconocieran, esa muerte le causo mucha pena. Era la primera en la historia del pueblo. La otra vez fue igual, pero no una sino muchas vidas se perdieron. La gente sospechaba quien era, pero no se atrevían a denunciar o levantar su voz de queja. Tenían miedo de ser la próxima victima. Ya se acabará la pesadilla se decían. Miguel, el pantera, pensaba en todo esto. Era la última se repetía.

Cada uno se fue a su lugar, el pique, el jetón y el pantera. Un trozo de carne para distraer al perro, para enviarle al otro mundo la carne estaba envenenado, dos mordiscos bastó para que muriera. Tuvo una corazonada pero nada. Esas son cojudeces, pensaba. Subió la cerca, sin tocarla se abrió la ventana, El Jetón con una ganzúa entro por atrás. ¡Qué fácil! Para que sigan durmiendo las víctimas como tronco, quemaron azufre. Si azufre, ese que todos los pendejos queman para tumbar a las gallinas y banquetearse luego en las afueras de la ciudad.

Un automóvil suavemente se paró frente a la casa. Era el dueño que llegaba con su familia. Al abrir la puerta, un olor que lo mareaba rondaba en el interior. ¡Están robando, carajo!, pensó. Regresó al auto para sacar su linterna y escuchó pasos presurosos que se perdían. Alumbró y nadie había. Para asegurarse llamó de puerta en puerta a los vecinos, todos con batas y armados de palos rodearon la casa. El Jetón, en un rincón temblaba, Miguel, el pantera, pensaba en la fuga.

Salgan, carajo, salgan, gritaban todos, nadie respondía. Los vecinos llamaron a la policía, quienes armados hasta los dientes tomaron sus posiciones. ¡Mierda, nos cagaron, Jetón! ¿Qué hacemos, pantera? Defendernos noma, que nos queda.

Empujaron la puerta. Hubo disparos. ¡Las manos arriba!¡Arrojen la pistola!. Todo era silencio. Antes de que reaccionara el pantera, un cañón de ametralladora humeante apuntaba en la cabeza. Gruesas lágrimas de rabia y de impotencia rodaban por su mejilla. En un rincón, el Jetón estaba frío, una bala había perforado la frente.

¡Mierda, mil veces, mierda! Gritaba el pantera en silencio. Sus manos temblorosas estaban unidas por las esposas cuando salía. Los vecinos, muchos de ellos gritaban eufóricos. ¡que lo maten, que lo maten! Decían.

Todo estaba hecho, en sus veinticinco años, muchos robos, muchas muertes ha tenido. Todo lo culpaba, hasta las piedras que pisaba. No demoró casi nada el proceso. El tribunal, conociendo sus antecedentes penales, sancionó con la pena capital por fusilamiento. Nadie protestó. Solo en el fondo de la sala se escuchaba un sollozo. Era Doña Meche, que hace muchos años me contaba, que su Miguel, desde que nació era diferente.

¡Bang, bang!, los disparos rasgaban la virginidad de la noche. Nadie decía nada, pero sabían que era la hora de la pantera. A su tumba, nadie lo acompaño. Tres o cuatro peones con olor a coca y aguardiente lo enterraron. Allá a lo lejos, Doña Meche, solo lloraba.
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