miércoles, 25 de marzo de 2009

LA HORA DEL PLANETA


Con bombos y platillos el Perú y el mundo se preparan para desarrollar la campaña denominada “LA HORA DEL PLANETA”, que busca tomar conciencia en los hombres sobre los daños que venimos causando día a día al medio ambiente. Esta campaña busca que el sábado 28 de marzo, apaguemos por una hora todas las luces de nuestro domicilio y todo artefacto eléctrico, llámese radio, televisor, refrigeradora, celulares, lámparas, planchas, etc. Se iniciará a las 8.30 de la noche y deberá terminar una hora después.
Después de 2000 años de destrucción de nuestra casa natural la tierra, cientos de iluminados realizan una serie de campañas para evitar el colapso de la tierra. Se piensa que con este tipo de campañas, se puede limpiar nuestra sucia conciencia terrenal, que con la revolución industrial se apresuró poco a poco el cambio climático y también al hombre, que se convirtió en esclavo de normas, leyes y enseñanzas que minimizan su inteligencia.
Es curioso ver como se promociona la campaña. Un polo de 10 dólares bien acabado y serigrafiado que también contamina el medio ambiente. Yo quisiera que esa hora se convierta en un día. Un día para no ver tanta sangre y violencia en la televisión o escuchar denuncias y denuncias por la radio o escuchar amenazas por el otro lado del teléfono. Un día y más para que electronorte se vaya a la quiebra y cobre menos el otro mes y se olvide del IGV. Un día y más para estar chunlla y escuchar alguna vez en la penumbra las gotas de las lluvias o el canto de los pájaros en la madrugada o tal vez la voz de nuestras conciencias.
Un día y más para no mirar en la oscuridad, olvidarme de las linternas y caminar a tientas para sentir lo que siente un ciego cuando camina con la orientación de un bastón o un lazarillo y, entender lo que significa la carencia de un sentido. Un día y más para percibir el aroma de las plantas, esas plantas que no tienen quien lo defienda de la mano asesina del hombre, que la pisotea, que la rompe de las entrañas de la tierra.
Un día y más para que la oscuridad, ilumine nuestras almas y entendamos que somos un paso en el largo camino de la vida y que no somos eternos. Un día y más para comprender que por más campañas que hagamos, los ricos inventan cualquier cosa para mantenernos ocupados y sigan haciendo de las suyas con nuestra casa, llamada tierra.
Un día y más?. Ja. Debe ser siempre, para que sin luz, entendamos que todos somos iguales, somos humanos, somos hijos, somos al mismo tiempo nada, dentro de la nada.

lunes, 23 de marzo de 2009

EL ARBOL DE PUR PUR

Los padres de mi padre, dejaron como herencia una extensa huerta rodeada de eucaliptos, capulí, nogal, pinos y al fondo media hectárea de carrizal. Entre brotes de carrizo y pajonales había plantas de granadilla y pur - pur o poro – poro. Recuerdo que cuando niño íbamos a la huerta a casar conejos y palomas. Una vez trajimos a casa una coneja ploma con largas orejas y ojos bien rojos y nos miraba como si estaría de cólera por su captura. Duró cinco días en la jaula, madre e hijos se murieron. No sé si los mató la tristeza o las comidas exageradas que les dábamos.

Ayer domingo al visitar al viejo, acompañado de mi hijo fuimos a la huerta. De aquel paisaje de mi infancia no queda nada. El carrizal es una franja pequeña y destruida por las tuberías del desagüe. Las palomas y los conejos son historia y para mi hijo leyendas. Ni tampoco encontramos el pozo de piedra que brotaba agua cristalina y saciaba la sed de muchos vecinos de Tushpuna; pero si encontramos el árbol de pur-pur. Largo, frondoso y lleno de frutos. Tantos frutos da el árbol que muchos de ellos están regados por el suelo, por que nadie lo quiere. Los niños de hoy dicen que es ácido, nosotros les replicamos y les decimos que es putchco pero rico.
Con la templanza que nos da los años, juntamos con mi hijo, cada uno jalando de la hoshqueta decenas de frutos alargados y amarillos. Volví por unos instantes a mi niñez y de reojo miraba la emoción de Martín Alonso por querer ganarme a quien tumba más frutos. Vi en sus ojos la alegría de la libertad, de la infancia en proceso de aprendizaje, de la ilusión que también lo tuve a su edad. Comimos como tres frutos cada uno, estaban dulces. Tan dulce como los momentos que viven los padres con los hijos.