El aire en los abismos del río Marañón siempre
olía a humedad, a piedra caliente y a un peligro silencioso que descendía desde
las alturas de Cajamarca hasta la selva virgen. Corre el año de 1934, y en los
senderos polvorientos que serpentean al borde del abismo, un joven Evaristo
Rojas Julca camina con paso firme. Aún no es la leyenda temida que hará temblar
a los arrieros y comerciantes, sino un hombre con la mirada endurecida por la
miseria y una ambición que no cabe en su pecho.
Han pasado cinco años desde aquel bautismo de sangre. En 1939, el
nombre de Evaristo Rojas Julca ya no se susurra con miedo; se grita en las
pulperías y se discute con recelo en las comisarías de Amazonas y Cajamarca. Su
banda ha crecido hasta alcanzar la cifra mítica de cuarenta hombres armados
hasta los dientes, una verdadera milicia de forajidos leales al botín y al
terror.
Las rutas comerciales entre Bagua, Chachapoyas y las alturas cajamarquinas se han convertido en el territorio de caza de Evaristo. Sus métodos son implacables. Los informantes avisan con días de anticipación qué viajeros llevan oro o mercancía valiosa. Nadie se salva si muestra resistencia. Las crónicas negras de la zona empiezan a acumular nombres y rostros: comerciantes desaparecidos, arrieros amordazados y la persistente leyenda de que, sobre la conciencia de Evaristo, ya pesan al menos doce muertes.
En el campamento oculto, situado en una quebrada escarpada donde la vegetación oculta el atracadero, se vive bajo sus propias leyes. Evaristo es un líder taciturno. No bebe en exceso, no tolera la indisciplina y vigila a sus cuarenta hombres con ojos de gavilán. Sin embargo, la presión policial comienza a cerrar el cerco. Las autoridades de la región han ofrecido recompensas jugosas por su cabeza. Las patrullas de la Guardia Civil peinan los pajonales y los desfiladeros, pero Evaristo conoce cada recodo del río Marañón mejor que nadie. El río es su cómplice: esconde los rastros, acoge los secretos y se lleva los cuerpos que ya no pueden hablar.
El calendario marca mayo de 1944. Los tiempos han cambiado, pero
la leyenda de Evaristo sigue intacta, aunque desgastada por la fatiga y la
paranoia. Las cuadrillas ya no operan con la misma impunidad de antes; la
policía ha desplegado una red de inteligencia que asfixia los caminos. Saben
que el bandolero se mueve entre las alturas de Cajamarca y las riberas tórridas
de Corral Quemado.
Evaristo lo siente en el aire. Sus hombres empiezan a dispersarse, temerosos de que la soga se cierre alrededor de sus cuellos. En una choza aislada, con la barba crecida y la ropa desgarrada por los matorrales, el otrora indomable jefe reflexiona sobre su destino. Su caballo, un brioso animal acostumbrado a los riscos más empinados, relincha suavemente amarrado en el exterior.
Evaristo se ajusta el cinto donde reposa su pistola, la fiel compañera de tantas emboscadas. Sabe que debe huir hacia las alturas, cruzar el río y perderse en las punas donde el Estado jamás podrá alcanzarlo. El orgullo y la necesidad de escapar se mezclan en su mirada. Ordena preparar el caballo. El destino, caprichoso y puntual, ha decidido que el reloj de arena de su libertad está a punto de agotarse.
El sol del 14 de mayo de 1944 apenas ilumina el caserío de Corral
Quemado cuando el aire se rasga con el eco seco de un disparo. Evaristo Rojas
Julca se encuentra a pocos pasos de su montura, con una mano apoyada en la
silla de cuero, listo para emprender la huida hacia las frías alturas de
Cajamarca.
—¡Alto a la policía! ¡Entrégate, Evaristo! —grita una voz desde los matorrales.
La reacción del bandolero es instintiva. Intenta girar para alcanzar su arma, pero el estampido de los fusiles de la Guardia Civil rompe el silencio matutino. Un proyectil certero impacta de lleno en su pierna. El dolor es inmediato y fulminante; las fuerzas lo abandonan y cae pesadamente sobre el polvo caliente del camino, muy cerca de las herraduras de su caballo.
Los policías se acercan con las armas en alto, formados en abanico, esperando una reacción desesperada que ya no llegará. Evaristo yace herido, apretando los dientes para contener el atentado de la sangre que brota de su extremidad. Sus días de asaltar a los viajeros transportados en espaldas ajenas, de sembrar el pánico en el Marañón y de arrojar cuerpos al abismo han llegado a su fin.
Cuando lo levantan para esposarlo, el bandolero alza la vista por última vez hacia el horizonte, donde las cumbres cajamarquinas se alzan indiferentes y majestuosas. Diez años de crímenes, abigeato, bandidaje y doce muertes sobre su conciencia se reducen a un par de grilletes metálicos y al final inevitable de su propia historia. El río Marañón sigue fluyendo caudaloso e indiferente a su lado, como si supiera que, aunque caiga el hombre, la leyenda negra de sus orillas permanecerá grabada en la memoria de la tierra para siempre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario