Te quiero demasiado, le dijo ella antes que de sus labios broten líneas de sangre. Juan, como si fuera un contrictor, la abrazó fuerte, tan fuerte que rompió sus huesos que se incrustaron en el corazón que sintió el golpe y se paró. Los ojos de ella, dejaron de brillar. Él, sádicamente, le dijo al oído que si no era para él tampoco sería de nadie, como sí su alma antes que salga del cuerpo, lo escucharía.
Era una relación endemoniada, quizá los únicos momentos de tranquilidad eran en la cama, luego de venir de parrandas. Solo esas noches, las casas del barrio, escuchaban gemidos de placer, el otro tiempo, riñas, peleas, platos que se rompen y sonidos de patrulleros o ambulancias para socorrer dentro del caos.
Tres días antes, caminé detrás como si fuera su sombra. Nos miramos por un momento y hubo fuego en nuestras miradas. No sé que pasó ni como llegamos al cuarto nauseabundo de un hotelucho de cinco lucas. Las sábanas quedaron más sucias que antes. El agua marcado por la fuerza del cloro, limpió nuestros pecados. Hasta la otra semana, le dije. Me dió un beso con mordida en el labio que me hizo tragar saliva con sangre.
Les soy sincero, no sé como me crucé en sus vidas ni en su tiempo ni lugar. Sucedió de una manera casual. ¿Era bella?. En absoluto. Era normal, solo que tenía el pelo largo y brillante y destacaba en este verano infernal sus bellos pies, bien cuidados y que cuando los beso suavemente me eleva al peor de los infiernos de la lujuria.
Me enteré de su muerte por los periódicos. Asistí a su entierro y entre los murmullos de la gente, escuché que, Juan, la pareja, juró que buscaría para matarlo a su amante.
Sentí un golpe enorme en el corazón, retrocedí, chapé mi combi, llegué a casa, tomé lo que tenía al alcance, cerré la puerta y me marché.
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