miércoles, 31 de enero de 2018

Si no sembramos valores, cosecharemos dolores


¿Se ha dado cuenta que casi nadie saluda, ni te devuelven el saludo en las calles? ¿Te cayó un pelotazo en el cuerpo y escuchaste la risa de los chibolos? ¿Fuiste testigo como un taxista acelerado, recorre velozmente las calles en tiempos de lluvia y escuchaste su risa burlona por haber mojado al transeúnte? Y finalmente, si es que alcanza a escuchar en tus oídos viejos, los más jóvenes dicen entre murmullo ¿Quién es ese viejo o vieja que jode?

            Puede una sociedad coexistir con la modernidad y asumir los riesgos de la globalización que te permite tener una mirada distinta del mundo contemporáneo, pero existen sociedades que todavía no reaccionan a estos procesos de cambio, tanto de instintos como de valores y conductas sociales. Una de ellas es sin lugar a dudas la capital de Amazonas, que desde los últimos veinte años viene sufriendo agresivamente migraciones compulsivas, sin orientación, sin servicios, sin otorgarles elementos básicos para que vivan con calidad y confort; con ello también, surge el rompimiento de los moldes cívicos con el que fuimos hechos hace mucho tiempo.

            La generación “phone”, esta imbuida en sus auriculares y las redes sociales, la generación “tablet” en sus rutinas diarias de juegos y lenguaje cibernético y la otra generación “polilla” (es un decir) que es la mía, pensando en sobrevivir y añorando esos años maravillosos donde ayudaba a mamá cargando su canasta del mercado, comprar el pan en las mañanas, acompañar al viejo a sus cuitas, sin dejar de valorar al amigo, vecino, al desconocido con un buen día y apretón de manos.

La globalización no es un proceso de liberación conducido por Dios. Tampoco es un proceso conducido por una autoridad humana. Es un cambio de paradigma en las relaciones humanas de tal profundidad que ni siquiera quienes están a la vanguardia de él saben adónde puede conducir. Es hacer una reingeniería colectiva para insertar valores, principios y actitudes de cambio que trasluzcan como resultado: respeto a los demás y al bien común. No hay vuelta atrás, pero lo que sí está en nuestras manos es pensar y conducir nuestro futuro.

Las escuelas deben diseñar nuevas estrategias de conductas y convivencia, los padres asumir su rol y los jóvenes deberán entender que su generación no es eterna, es solo una circunstancia y los errores o fallas que se adquiere, duelen curarlas en la adultez, peor cuando la vejez es una compañera silenciosa que nos acompaña hasta la tumba.

Vivir bien, es vivir en libertad y la mejor expresión de ella es RESPETO, HONOR Y SERVICIO. ¡Nada más!

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