martes, 19 de diciembre de 2017

Mi regalo de navidad


La miré de abajo arriba. Tiritaba de frío. Sus ojos miraban al vacío, extendiendo mis manos la atraje a mí. Eras las once menos cuarto, el reloj avanzaba aceleradamente, en el coche salí a comprar algunos regalos que faltaban para los sobrinos, algunos buenos vecinos y amigos. El tráfico era infernal. Todos deseaban regresar a casa para el abrazo de noche buena. Yo, como siempre, solo quería que pase las horas.

Tomo la calle sin fin. Luces multicolores adornaban más que nunca la oscuridad de la noche. En cada casa, en cada rincón una bombarda, un villancico recordaba a cada ser humano que en pocas horas el “niño Jesús” volvería a nacer. Un nacimiento que se repite por más de dos mil años. Un nacimiento que cada vez se hace más rimbombante con la compra de regalos.

No recuerdo la última navidad de mi vida en familia. Quizá aquellos años 70 donde mi madre recreaba grandes nacimientos en la casa con todos los guarangos que podamos cortar y las piezas que simulan el pesebre que traíamos de todos lados. En casa no faltaba el chocolate, el pavo, los regalos, las sonrisas y las travesuras también.

De allí, se impuso mi soledad y los 24 por la noche solo fumaba un cigarro negro. Cada bocanada lo hacía tan profundo para que entre en todo mis pulmones y solo vomite silbidos y mis ojos no expulsen lágrimas. Un largo sorbo de champagne me aturdía y así poder ir a la cama. No había regalos, tampoco llamadas, el eco de mi voz en el fondo del alma respondía a mis dicotomías: Creer u olvidar.

Recordaba mi infancia. Mi padre (como si no me diera cuenta, me hacía el dormido), entraba a mi cuarto pintado de verde y lleno de afiches de artistas ya olvidados y mujeres sin rostro, dejaba en mi raído zapato mi regalo. Cuando salía, curioseaba el obsequio, muchas veces repetía, bien eran docenas de bolitas de cristal, camisa de franela, unas veces zapatos “Hércules” con punta de fierro y una vez mi trompo dorado, el que se rompió al querer “doquear” a un sopero en la escuela. Ah, pero quizá el mejor regalo que tuve en mi vida haya sido hacer mis largas colas en el estadio para recibir regalos del gobierno militar. Recuerdo que me dieron un venado de plástico y que se inflaba hasta doblar mi tamaño. Era marrón rojizo con unos ojos enormes, una cola bien pequeña y unas astas bien grandes. Tengo mucho recuerdo de este animal de plástico, que por pura envidia de un primo apareció partido en mil pedazos a costa  de un afilado cuchillo. No saben cuanto lloré y hasta ahora me caen lágrimas de impotencia, pese a que ya estoy viejo. De allí ya no me gustó la navidad, hasta que…

En esa calle sin fin, escucho gritos y muchas expresiones de asombro. Doña Justina, viene a mí (era amiga desde la infancia). ¡Gustavo, Gustavo! ¡Una verdadera tragedia! ¿Qué paso, Justina? ¡El trineo de Papá Noel cayó del cielo! ¡Queeeeeeééééé! ¡Esas son cojudeces! Quitándome su cuerpo del mío quise seguir mi camino, apresurándome sobre mis pasos que dejaban sus huellas en la nieve. ¡Es verdad, Gustavo, es verdad!.

Haciendo caso omiso a las palabras desesperadas de Justina, traté de alejarme del grupo que rodeaba la zona de curiosidad. En medio de la oscuridad, veo aparecer centellas en el firmamento y escuchaba una campana que acompañaba el viaje de un trineo; pero algo llamó mi atención. Una luz palpitante mi inducía que viaje con ella. Cruzamos calles y el río. Mis zapatos húmedos se movían al impulso de mi cuerpo, no sé en qué momento perdí la bufanda y la casaca para el frío. La luz dejó de brillar y cayó en una acequia medio vacía. En ella, vi moverse una figura pequeña que tiritaba de frío. Era pequeño, muy pequeño diría yo. Su hocico buscaba algo de comer, siento que confunde mi dedo con una teta.


Saco mi chompa, me quedo medio desnudo, corrí al coche, quito la nieve, entro en ella y prendo la calefacción y las luces, con mi pañuelo, limpio poco a poco el cuerpo de aquel animalito. Cada vez que liberaba su cuerpo de la suciedad, notaba  pequeñas manchas. Su piel era suave, sus orejas alargadas y su mirada llena de esperanza. Nos miramos por breves segundos. El gruñía de hambre,yo; derramaba una gruesa lágrima de emoción.

Por esas coincidencias de la vida, el que fuera un juguete de infancia, en mi vejez, tenía en manos un venado de verdad. 

Después de muchos años, la navidad volvía en mí.
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